viernes, 21 de marzo de 2025

LOS SEÑORES DE TORREMOCHA

 

LOS SEÑORES DE TORREMOCHA DEL CAMPO

Los Perlado Verdugo, entre Torremocha y Jadraque

 

   De no ser porque Torremocha del Campo es una hermosa población que se tiende hidalga en torno a su valle, dominado su horizonte por la Torre de Saviñán, el título podría pasar por el de un sainete al uso de los tiempos de Miguel Mihura o Jardiel Poncela, pero no. El título hace referencia a la hermosura que dominó esta parte del Tajuña y de la que salieron genios provinciales como don Bibiano Contreras, coleccionista de todo lo coleccionable.

   La Torremocha del Campo de hoy dista mucho de la que fue cuando don Bibiano nació, apenas echado a andar el siglo XIX. Por aquel entonces Torremocha era población de apenas media centena de vecinos, o lo que es lo mismo, algo más de ciento cincuenta habitantes; que son los mismos más o menos que suma al día de hoy, añadiéndosele sus pedanías de La Fuensaviñán, La Torresaviñán, Laranueva, Renales, Torrecuadrada de los Valles, y Navalpotro. Y es que estamos en tierras en las que la despoblación, por edad y otras faltas, avanza sin freno.

   Unos siglos atrás, cuando Torremocha del Campo dejó de ser de los obispos de Sigüenza para ser de don Juan Blas, el número de vecinos se mantenía, como lo haría a lo largo del tiempo, en aquel medio centenar de los inicios del siglo XIX.


 

 

Torremocha del Campo, y de los Obispos

    Extensas fueron las posesiones de los Obispos de Sigüenza, señores de aquella ciudad, su catedral y una parte del obispado, en sus cercanías. Los monarcas castellanos premiaron la fuerza de su mano al levantar la espada a la hora de la conquista de estas tierras dándoles la posesión de alguno de sus logros; y así fueron señores de unos pocos de los lugares, hoy poblaciones de sonoro nombre, que circundan la emblemática Sigüenza, desde Pozancos a Ures, pasando por Valdealmendras y arribando por aquí, por Torremocha, tierras linderas con las del ducado de Medinaceli, por un lado, y con las del Infantado por el otro; con la proximidad de un condado no menos poderoso, el del Cid, del Cardenal Mendoza y sus Señoríos en torno a Jadraque.

   No se conoce muy bien desde cuándo, si bien es sabido que ya por los inicios del siglo XIV, en 1308, estas tierras estaban bajo el dominio de don Simón Girón de Cisneros, a la sazón, obispo de Sigüenza, como sin duda lo estuvieron en el de sus antecesores, y lo continuaron estando después, hasta que la majestad de don Felipe II desamortizó los señoríos eclesiásticos apenas iniciado su reinado y sacó, como quien dice, a subasta pública, lo que a los obispos y otros grandes perteneció.

   Fue el caso de la mayor parte de los pueblos que formaron el señorío de los obispos, y tocado el turno que fue a Torremocha del Campo, el 19 de marzo de 1581, cuando don Felipe II se encontraba en Portugal, después de haber puesto sobre su cabeza la corona de aquel reino, en Tomar firmó los papeles por los que Torremocha dejaba de ser de los obispos, a cambio de algo así como 5.000 maravedíes de su tiempo, que debían de ser suficiente cantidad como para no quejarse demasiado, que tampoco les iba a servir de mucho.

 

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Juan Blas, Señor de Torremocha

   Don Juan Blas el Viejo, de la Casa de los Merino, vecino que fue de Jadraque, fue hijo de otro Juan Merino que llegó a la villa del Cid procedente de Pesquera de Ebro, en el burgalés valle de Sedano, por aquí comenzó a labrar su vida, después de que contrajese matrimonio con doña María Blas, natural que era de Jadraque, si bien una parte de la familia procedía de la soriana tierra de Ágreda. Unos y otros se encontraron al servicio de los condes del Cid, de don Rodrigo de Mendoza, Señor de la villa, alcanzando don Juan Blas el honroso cargo de Mayordomo de doña Mencía de Mendoza, cuando doña Mencía se convirtió en duquesa de Calabria tras su casamiento con don Fernando de Aragón. A don Juan Blas tocó el no menos honroso honor de renovar el castillo del Cid, o de Jadraque. para ponerlo en el orden que a doña Mencía gustó, muy a pesar de que la duquesa, tras su segundo matrimonio, apenas pisó estas tierras, cambiándolas por las de Valencia, como mujer del virrey que era de ellas.

   El 31 de julio de 1581, don Juan Blas comisionó en Jadraque a su hijo, don Pedro, para que tomase posesión de Torremocha, una vez que sus vecinos aceptaron al nuevo Señor.

   A don Juan Blas Merino sucedió en el señorío de Torremocha su hijo, habido don doña Juliana de Medrano, don Pedro Blas de Medrano, hombre del que la  historia únicamente nos dice que, a la hora de la muerte, en el año de gracia de 1633, contrajo matrimonio, in extremis, con una de sus criadas, gallega de nacimiento, María de Casares y Ocampo, de cuya unión vivía, nacida en 1628, una niña que se convirtió, a la muerte del padre, en Señora de Torremocha, doña Emerenciana Merino quien casó con don Juan Lícher, caballero de Santiago. Doña Emerenciana falleció en 1672 y el señorío quedó en posesión de su hijo, don Felipe Lícher quien, al fallecer sin descendencia directa, dejó el señorío de Torremocha en su sobrino don José Valentín Verdugo.

 

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Los Verdugo de Jadraque, señores de Torremocha

    Sin duda, son los Verdugo, de Oquendo o Beladíez, una de las familias más significativas del Jadraque de los siglos XVIII y siguientes, desde que poco antes de que mediase fuese cabeza de familia don Narciso Verdugo y Beladíez, quien entroncó con las más linajudas familias serranas, de Miedes y Atienza y, con toda probabilidad, mandó levantar en Jadraque la casa familiar de los Verdugo en la que, andado el tiempo, se alojaría el insigne don Gaspar Melchor de Jovellanos.

   Don Narciso Verdugo era ya señor de Torremocha en 1752, cobrando de sus vasallos, en tiempos de Navidad, doscientos reales, un carnero valorado en veinticinco, y dos cantarillas de miel, de media arroba cada una, valoradas en diez reales.

   Fue don Narciso Verdugo hombre de recto carácter y espíritu religioso; formó parte en la villa de su nacimiento de numerosas hermandades y cofradías, dejando en la iglesia parroquial parte de su memoria, como lo hizo en Atienza, en la iglesia de San Juan del Mercado, y en la fundación de la Cofradía del Sagrado Corazón en la Iglesia de la Trinidad. En Atienza casaron algunos de sus familiares, y de Atienza salió para Jadraque su sobrino, don Juan José Arias de Saavedra, quien habitaría la casona en unión de otros de los descendientes de don Narciso Verdugo, entre los que no han de faltar sus hijos, comenzando por don Joaquín Verdugo Leyzaur, su heredero universal, que lo sería también de don Juan José Arias de Saavedra, en lo económico y en lo político, pues la herencia le llegaba a don Joaquín Verdugo cuando los franceses del general Hugo asolaban esta tierra y don Joaquín tomaba el relevo de don Juan José Arias en la Junta de Defensa Provincial que, desde cualquier punto, ordenaba a don Juan Martín el Empecinado, atacar al invasor.

   El de Torremocha se perdería con el pasar el tiempo. Después de que las Cortes de Cádiz aboliesen los señoríos, y de que a don Joaquín Verdugo Lícher le sucediese su hijo, don Joaquín Verdugo y Verdugo.

   Y es que, lo miremos por donde lo miremos, cualquiera de nuestros pueblos tiene algo que contarnos, curioso y, en ocasiones, semejante a un sainete al estilo de Mihura o de Jardiel Poncela.

 

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 21 de marzo de 2025

 

 

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martes, 31 de octubre de 2023

HISTORIA DE JADRAQUE

 

HISTORIA DE JADRAQUE

  

   El nombre de Jadraque (Charadraque) suena arábigo; tanto por esto como por la abundancia de fértiles huertas, cabe asegurar que ya existió durante la dominación musulmana.

   Jadraque progresó desde que en 1434 Juan II creó con esta villa con esta villa, más las de Jirueque, Bujalaro, Alcorlo, Utande y los sesmos de Bornoba y el Henares, un rico señorío a favor de su sobrina doña María de Castilla, casada con Gómez Carrillo, de quien lo heredó Alfonso Carrillo de Acuña, Protonotario y Guarda Mayor de Enrique IV, que fue un caballero tarambana y manirroto cuyas franca-chelas y pésima administración le llevó a dilapidar año tras año el “grande estado (riqueza) en que sucedió a su madre”, según un antiguo cronista.

   Jadraque es una población de honrados trabajadores que crece y mejora, gracias al esfuerzo de sus hijos; además ofrece al visitante múltiples atractivos que, por sí solos merecen una visita.

   Y sí se acompaña del conocimiento de su historia…

 

F. Layna Serrano (Jadraque, 1949)

 

 

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SUMARIO GENERAL:

 

-I-

JADRAQUE,

Y SU ENTORNO HISTÓRICO-GEOGRÁFICO

Pág. 9

La Geografía

Demografía

Un repaso por las fuentes escritas. Jadraque en los manuales: los Diccionarios

El topónimo

-II-

UNA INCURSIÓN EN LA HISTORIA

Pág. 23

Tiempos antiguos

El Cid, en Jadraque

 

-III-

LACOMUNIDAD DE VILLA Y TIERRA DE ATIENZA

Pág. 41

 

-IV-

LAS TIERRAS DE GÓMEZ CARRILLO

Pág. 51

 

-V-

EL CASTILLO DE JADRAQUE

LOS SEÑORES DEL CASTILLO

Pág. 65

Rodrigo de Vivar y Mendoza, Marqués del Cenete y conde del Cid

Mencía de Mendoza

El castillo de Doña Mencía de Mendoza

Jadraque en el Ducado del Infantado. Las Relaciones Topográficas

El invierno del rey. Felipe II en estas tierras

Fray Andrés de Jadraque

Juan Sedeño, militar y poeta

Fray Pedro de Urraca

José Gutiérrez Luna: “El Indiano de Jadraque”

La Iglesia Parroquial de San Juan Bautista

 

-VI-

JADRAQUE EN LA GUERRA DE SUCESIÓN

Pág. 113

Felipe V en Jadraque

El reino en Guerra

La Princesa de los Ursinos

El Catastro de Ensenada. Jadraque, 1752

El terremoto de Lisboa, de 1755

Diego Gutiérrez Coronel

 

-VII-

¡GUERRA A LOS FRANCESES!

Pág. 145

España en Guerra

Melchor Gaspar de Jovellanos, en Jadraque

La Guerra contra los franceses, en Jadraque

La Constitución de 1812

Juan José Arias de Saavedra

El rey “in-Deseado”

Los Capuchinos de Jadraque

 

-VIII-

¡EL REY HAMUERTO! ¡VIVA EL REY!

Pág. 203

La vida local y municipal en el siglo XIX

Los Hospitales de Jadraque

La Feria de Jadraque, hasta el siglo XIX

La feria en el siglo XIX

La llegada del ferrocarril

Jadraque, y el lienzo de Jovellanos

José Ortega Munilla; Benito Pérez Galdós, y Jadraque

La epidemia de cólera en Jadraque, en 1885

El año del cólera, 1885

El caso de Jadraque

El Cíngulo del Cristo de la Cruz a Cuestas. El robo de la iglesia

La compra del castillo

Jadraque en el final del siglo XIX

La Luz Eléctrica. El último avance del siglo

 

-IX-

JADRAQUE, SIGLO XX

Pág. 274

La fundación de La Benéfica

El despoblado de Salaices (o Saelices)

Jacinto Abós Valencia, más que un farmacéutico

Juan Ures Bermejo, el héroe del Rif

Antonio Botija Fajardo

Eduardo Contreras de Diego. El hombre de los mil sueños

Jadraque, entre la República y la Guerra

La reconstrucción

Jadraque 1959, homenaje por un castillo

Las ferias de Jadraque, en el siglo XX

José Antonio Ochaíta

 

 

EL LIBRO:

  • ASIN ‏ : ‎ B0CLKB4JCL
  • Editorial ‏ : ‎ Independently published  
  • Idioma ‏ : ‎ Español
  • Tapa blanda ‏ : ‎ 330 páginas
  • ISBN-13 ‏ : ‎ 979-8865113089
  • Peso del producto ‏ : ‎ 567 g
  • Dimensiones ‏ : ‎ 15.24 x 2.11 x 22.86 cm

 

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martes, 24 de enero de 2023

LA TIERRA DE JADRAQUE

 

LA TIERRA DE JADRAQUE

El 15 de diciembre de 1434 se constituyó uno de los mayores señoríos de la provincia de Guadalajara.

 

   El 15 de diciembre de 1434 tenía lugar la firma de uno de los documentos que más prosperidad llevarían en el futuro a la Tierra de Jadraque, y a la propia Villa, cabeza después del condado del Cid. Villa que cuando aquello sucedió, convertirse en cabeza del condado, a finales de aquel siglo XV al que nos dirigimos no era, en líneas escritas por quien fuese cronista provincial, Francisco Layna Serrano, sino una pobre aldea del entorno. Hasta que, lograda la tierra ambicionada, en ella se fijó el Gran Cardenal, don Pedro González de Mendoza, sobre su cerro mandó alzar el imponente castillo que es más que probable que no viese concluido y… el resto, ya lo conocemos.

   Aquel 15 de diciembre de 1434 los reyes de Castilla, pródigos en hacer mercedes, entregaban una parte de la entonces tierra de Atienza, los sexmos del Bornova, del Henares, de Yela y de Durón, como regalo de bodas, a una de las parientes de la reina consorte y señora de la tierra de la que se desprendía, doña María de Aragón, o de Trastamara, hija del rey aragonés Fernando el de Antequera y consorte del desdichado monarca castellano Juan II.

   Quien recibía las tierras no era otra que María de Castilla, su pariente y camarera real, al disponerse su casamiento con otro pariente del Rey don Juan, quien aprobó con su firma el regalo, don Gómez Carrillo, de los Carrillo de Acuña que tanta letra dejaron en los anales de la historia.

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Los cuatro sexmos

   Los cuatro sexmos que los nuevos contrayentes recibieron, y que habían de permitirles llevar con sus rentas vida de reyes, con holgura y sin estrecheces, dadas las que les debían producir, fueron los comprendían cada uno de ellos sus correspondientes aldeas, y cada una de ellas sus pecheros. Cerca de cien poblaciones, entre aldeas, villas y lugares, desde las estribaciones del Alto Rey, a las márgenes del Tajo. Desde los confines de la provincia de Guadalajara con las de Segovia y Soria, hasta los límites de Cuenca.

   Con anterioridad tan sólo, en grandes cifras de población, se había desgajado del común de Villa y Tierra de Atienza, la que formaría con posterioridad el ducado del Infantado, cimentado sobre las villas de Alcocer, Salmerón y pocas más.

   El sexmo de Durón comprendía las aldeas y villas de Budia, Valdelagua, Picazo, El Olivar y Gualda. El de Yela incluía algunas aldeas cercanas a Brihuega; mientras que el del Henares abarcaba, al igual que el del Bornova, a la mayoría de poblaciones ribereñas de ambos ríos, hoy apellidadas con el uno o el otro.

   A la muerte de Gómez Carrillo heredó estos pueblos su hijo Alfonso, Guarda Mayor del rey Enrique IV y de los Reyes Católicos, señor de Pinto y Caracena, por matrimonio con la dueña auténtica de estos lugares. Este Alfonso Carrillo de Acuña fue durante su juventud verdadero tarambana como diría el cronista Layna, llevándole las francachelas a desamparar la administración de sus cuantiosos bienes hasta el punto de vender la mayoría para pagar deudas contraídas, cuando no los cambiaba caprichosamente perdiendo con frecuencia con el trueque, al que lo llevaba la necesidad; a tal punto llegó su desorden que en pocos años perdió el gran estado en que sucedió a su madre. Vendió a Doña Brianda de Castro, mujer de Don Iñigo de la Cerda, las poblaciones de Villaseca, Aragosa, Mirabueno y la villa fortaleza de Mandayona; al conde de Cifuentes las de Gárgoles, Sotoca y más tarde Henche, Solanillos, El Villar, Fuentepinilla y Ureña del Campo; después adquirió García de Torres, alcaide de Medinaceli, las de Renales y Alaminos, hasta que llegó la hora de hacer otra operación financiera con las tierras de Jadraque y sus sexmos… Después de que los Reyes Católicos, tal vez por no mermar los intereses de los Mendoza, prohibieran a los condes de Cifuentes adquirir más tierras de las pertenecientes a los señoríos de los Carrillo.

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La jugada maestra del Cardenal

   Apenas media docena de lugares recibió don Pedro González de Mendoza como herencia de su padre, el gran Marqués de Santillana, don Íñigo. Media docena de lugares, que le dieron el juego suficiente como para hacerse con la propiedad de estos sexmos.

   Fue en aquellos desdichados días de las guerras civiles castellanas, cuando se discutía por el derecho a la corona de las princesas Isabel (la Católica), y Juana (la Beltraneja); la balanza se inclinó a favor de La Católica, perdiendo la partida quienes apoyaron al rival contrario, y entre aquellos perdedores se encontró don Alvar Gómez de Ciudad Real, señor a la sazón del castillo y villa de Maqueda a quien, para que no lo perdiese todo en base al castigo real, propuso nuestro Cardenal trocar aquella villa por las suyas de Pioz, Atanzón y sus vecinas. De ellas quedó dueño don Alvar; de Maqueda y su castillo nuestro Cardenal Mendoza quien, seis meses después de firmar aquel primer trato, en la primavera de 1469, firmó con Alfonso Carrillo el segundo y de más sustancia, trocando las tierras de Maqueda, en el otoño de aquel mismo año de 1469, por los sexmos del Bornova, el Henares, y lo que quedaba de las tierras de Yela y Durón, creando así la Tierra de Jadraque y su condado del Cid.

   Y no le fue del todo bien al nuevo señor de Maqueda, don Alfonso Carrillo. Poco tiempo después perdería villa y castillo en favor de la Corona.


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La donación

   Todavía parecen resonar en los anales de la historia las voces de los escribanos, dando cuenta de la voluntad real, a favor de María de Castilla y su marido, Gómez Carrillo: …fago a vos, los dichos Gómez Carrillo e doña María, graçia e merçed e donaçión para sienpre jamás por juro de heredad, de los lugares que se syguen, que son de la mi villa de Atiença: primeramente el lugar de Mandayona e El Olivar e Durón e Budia e Valdelagua e Enche e Gualda e Sotoca e Gárgoles de Yuso e Gárgoles de Suso e Fuente Pinilla e Solanillos e El Olmeda del Estremo e Moranchel e Massegoso e Las Ynviernas e Alaminos e Cogollor e Yela e Almadrones e Mirabueno e Aragosa e Utande e Villaseca e Castrejón e Bujalharo e Xadraque e Xedrueque, lugares poblados de la mi villa de Atiença. E otrosí Picaço e El Peral e Peña Ravia e Minbrellano e El Villar e Ferreña e Val de San Martín e Pumarejos e Pinilla e Terradillos e Palaçio e Çeuita e Vallunquer e Villanueva e La Tovilla e la Casa Manuel e Almadrones de Yuso e Fontanares e Arançe e Matilla e Henarejos, lugares que son yermos e despoblados de la dicha villa…

 

Y el trueque

   Del mismo modo que, desde el cerro de Jadraque, perdiéndose la mirada a través de las poblaciones que fueron y son su tierra, desde Hiendelaencina a Bujalaro y Riofrío del Llano a Villares pasando por Robledo y tres o cuatro docenas más, la grave voz del Cardenal don Pedro dictando su contrato de trueque: Nos, don Pedro Gonçales de Mendoça obispo de Siguença seguramos e prometemos a fe de prelado e cavallero a vos el señor Alfonso Carrillo de Acuña, nuestro sobrino, que vos damos realmente e con efecto, la nuestra villa de Maqueda e su fortalesa e lugares e tierra della, con todos los heredamientos que en la dicha tierra e juridiçion de Maqueda…

   Después, para la tierra de Jadraque, vendría la grandeza de pertenecer a una gran casa, la de Mendoza, incorporados que fueron los sexmos al ducado del Infantado. Todo había comenzado un 15 de diciembre, seguramente entre frío y nieve, de aquel lejano 1434.

 

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 16 de diciembre de 2022

 

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martes, 17 de enero de 2023

JADRAQUE: MEMORIA DE UN HOMENAJE

 

 JADRAQUE: MEMORIA DE UN HOMENAJE

Al Cardenal Mendoza, el 14 de junio de 1959

 

    El 14 de junio de 1959, cuando Jadraque se disponía a lanzarse al mundo de la prensa, de la historia y de la cultura nacional con el fin de dar a conocer sus inquietudes en torno al castillo de la villa, el del Cid, dando a partir de aquel momento el definitivo empuje hacía su reconstrucción, amaneció claro, con un tímido sol que no hacía presagiar lo que posteriormente había de suceder.

   Aquel 14 de junio, domingo, en Jadraque se reunían las primeras autoridades de la provincia, algunas nacionales y, por supuesto, los representantes de la cultura provincial. El objetivo: dar a conocer la villa a través del gran homenaje que se iba a dedicar a don Pedro González de Mendoza, el Gran Cardenal de España; el hombre que fuese, después de los Reyes Isabel y Fernando, el más poderoso de la España Peninsular. El hombre que unos cientos de años atrás mandó levantar un castillo que se convertiría en enseña de una tierra.


 

 

Don Pedro, el Gran Cardenal

   Se convirtió en Señor y dueño de la tierra de Jadraque por mera casualidad, o quizá por querer tener cerca de la que fue una de sus primeras sedes episcopales, Sigüenza, a las tierras vecinas.

   En Sigüenza y su catedral reposan a la eternidad de los siglos quienes fueron los primeros dueños de aquellas tierras que fueron segregadas del Común atencino reinando don Juan II. En palabras del cronista provincial don Francisco Layna Serrano, don Gómez Carrillo y doña María de Castilla, en quienes se fundó la llamada “Tierra de Jadraque”, descansan a la eternidad de los siglos en la catedral de Sigüenza como si estuviesen instalados, por su disposición, en una litera de coche cama.

   A la descendencia de don Gómez Carrillo adquirió el Gran Cardenal la Tierra de Jadraque, a cambio de las que nuestro Mendoza poseía por la toledana Maqueda. Ello fue por el 1469. A partir de entonces Jadraque comenzó a ver como se construía un nuevo castillo y llegaban a él los descendientes de don Pedro; su hijo don Rodrigo de Mendoza, del Cenete y del Cid, primero; y su nieta después. Doña Mencía, que tantas glorias dejó a la España del Renacimiento. 


 EL CASTILLO DE JADRAQUE (Pulsando aquí)

 

Don Mariano Ormad Ferrer

   Don Mariano Ormad Ferrer fue uno de esos hombres que pasan a la historia de un pueblo por el tesón que ponen en defenderlo. Uno de aquellos alcaldes a los que la política importaba un pito porque por encima de ella están la unión de un pueblo. De los que tratan de dar ejemplo, poniéndose delante de los vecinos para decirles: ¡Adelante!, y yo el primero; llamando a su lado a quienes pueden colaborar en las ideas, que bien recibidas y sazonadas, ensalzan a los pueblos.

   Don Mariano nació en Jadraque, y presidió su Ayuntamiento por espacio de veinte años, entre 1951 y 1971. Cuando llegó a la alcaldía todavía se vivían las penurias que acompañaron a los tristes años de la década de 1930, los de la guerra y sus consecuencias. A pesar de que hombres hubo en Jadraque, desde 1939 a aquel 1951, que procuraron, al igual que don Mariano, sacar a su pueblo adelante. Y bien que lo hicieron.

   La fijación de don Mariano Ormad, y la de los hombres que le acompañaron en el empeño se centró, entre otras cosas, en lograr la reconstrucción de un castillo que su pueblo adquirió cincuenta y tantos años atrás, no por su valor, sino por su significado histórico, puesto que la adquisición fue una ruina y para poco valía. Las trescientas pesetas que pagó el municipio a la descabalada y manirrota Casa de Osuna le parecieron excesivas a don Julio Callejo, que lo quiso comprar por un poco menos para utilizar la piedra, bien machacadita, en el firme de la nueva carretera que se proyectaba por el 1898.

   Don Mariano Ormad, que recibió como justa recompensa a su labor de buen Alcalde numerosos reconocimientos a lo largo de los años que dirigió la alcaldía jadraqueña, aquella mañana, y como apertura de los actos, recibió de parte del Ayuntamiento de Burgos, en el salón de plenos del de Jadraque, una reproducción de la escultura de Gómez Quesada, que ya era emblema de la ciudad, la del Cid, en reconocimiento, uno más, a su tesón por rescatar la del caballero castellano, unido a la historia de un castillo que trataba de levantar la cabeza. 


 JADRAQUE. CRÓNICAS DE UN SIGLO (Pulsando aquí)

 

Los maestros de la pluma, y el Cid

   El primero de ellos, sin lugar a dudas, era José Antonio Ochaíta, el pintor de letras de las tierras de Jadraque; junto a él, toda una corte de grandes literatos y periodistas provinciales, entre los que no faltaban Baldomero García Jiménez, Juan Becerril, Julián Gil Montero, José de Juan García, o Luis Monje Ciruelo y, por supuesto, las autoridades en pleno de la provincia y obispado.

   A todos los convocó el Ayuntamiento y, en su nombre, el poeta Ochaíta; y para todos sería servida, en el salón de espejos del Casino, un apetitoso yantar, mucho menos aparatoso en su composición que los que se acostumbra a servir hoy día en cualquier evento que se precie: Fiambres Selectos. Huevos castellana con champiñón y riñones. Cabrito asado a la barreña. Macedonia de frutas. Helado. Café. Licores. Habanos. Vinos Blanco y tinto Castilla y Abocado especial.

   Por las calles de Jadraque, atiborradas de gente endomingada, jinetes en hermosos alazanes, se paseaban los heraldos que escoltaban al mismísimo Cid Campeador Rodrigo de Vivar quien sobre alazán encaretado blandía el pendón de Castilla, casi mil años después de su primer paso.

   Los hombres y mujeres de Jadraque, a una todos, habían colaborado en tender gallardetes de lado a lado de las calles; o en adecentar los accesos al castillo, que con ello parecía que sangraban algo menos los muñones de las murallas.

   En el muro que mira al Valle del Henares estaba prendida ya la lauda que recordaría al hombre que lo mandó alzar: Este Castillo, que llaman del Cid, fue reconstruido el año MCDLXXXVIII. Por D. Pedro González de Mendoza. Gran Cardenal de España. En el patio central, bajo gallardetes y colgaduras facilitadas por los servicios especiales del Ministerio de Información y Turismo, sería oficiada la misa, a eso de las doce; por dos obispos, nada menos.

   Alrededor los corresponsales de prensa de la mayoría de los grandes medios de Madrid y, por supuesto, el NODO.

    A punto de iniciarse la misa comenzó a alborotarse el cielo y, como desde las alturas se adivinase la tormenta, la mayor parte de quienes ascendieron al castillo emprendieron la retirada. Las autoridades corrieron al lienzo de la muralla, a descubrir la lauda recuerdo al Cardenal; don Pedro Sanz Vázquez, como Alcalde de Guadalajara, tuvo el honor y, de nuevo, a paso veloz, al pueblo.

   En la iglesia parroquial tuvo lugar la misa; y desde el balcón del Ayuntamiento, con una plaza atiborrada de jadraqueños, las autoridades, los poetas y gentes de cultura dirigieron la palabra, mientras el Cid continuaba blandiendo el castellano pendón y sonaban acordes castellanos a través de la megafonía. Ni el agua de la tormenta pudo aguar una fiesta en la que Jadraque entero creyó.

 

La Crónica

   A la mañana siguiente, a través de todos los periódicos, comenzaron a aparecer las crónicas de lo ocurrido el domingo 14 de junio en Jadraque. Pocos fueron los que, a lo largo de la semana, no se ocuparon del castillo del Cid, del empeño de sus gentes, de su Alcalde, de sus concejales. Del tesón y voluntad que un pueblo ponía en rescatar su propia historia, a través de las melladuras de un castillo en ruina. Hablaban de su Alcalde, sus escritores y poetas, como si de titanes se tratase.

   Por supuesto que también hablaban de la tormenta y de cómo las autoridades se cubrieron de barro los zapatos, pero eso son cosas que pasan y se olvidan. Lo que no se olvidó por quienes asistieron, es que a un pueblo, o a un Alcalde, no se le pueden negar según qué cosas, cuando de enaltecer su pasado se trata. Y así fue como don Mariano Ormad, y el pueblo de Jadraque, a partir de aquel día, comenzaron a ver cómo su castillo recobraba, poco a poco, su antiguo porte. Aunque con sus manos tuvieran que poner de nuevo en su lugar las piedras que rodaron por el cerro. ¡Gran ejemplo!

 

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 11 de junio de 2021


 JADRAQUE, Y SUS HISTORIAS (Pulsando aquí)

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